lundi, mars 30, 2009

les parapluies et le temps


Sigo sin saber.
Un fin de semana atípico pero lleno de tópicos hasta tal punto de crear escuela. Lluvia escalando las horas, haciendo que olvidemos los límites exactos que propone el hombre: del fin del fin de semana al comienzo de un nuevo lunes. Y un atraco presagiado, me robaron las dos y media de la madrugada, me dice. Y saltamos sobre el sofá, lágrimas con el fin de película de una de las cuatro. Fotos en blanco y negro tomadas hace un par de semanas. Una partida o dos o quince en una bolera que cabe en el salón. L’apéritif y algo de París en un par de días fundidos como el queso, indefinibles como una lluvia indeleble, grises pero tan cándidos como un paseo de la mano de Mary Poppins. Al fin. Nous sommes les trois mousquetaires, tu sais.

Esta mañana, de vuelta a la vida adulta, me abrigaba del aire y del tráfico sucio con la reinterpretación de mi gabardina Bogart, tan rosa como llevar la primavera a cuestas. Mientras, de vuelta a la vida adulta, en plena lluvia tímida, me doy cuenta de que vuelvo a tararearla sin darme cuenta.

Mientras, sigo sin saber.

lundi, mars 23, 2009

Merece la pena (un jueves telefónico)

Sobre las diez te llamo
para decir que tengo diez llamadas,
otra reunión, seis cartas,
una mañana espesa, varias citas
y nostalgia de ti.

Sobre las doce y media
llamas para contarme tus llamadas,
cómo va tu trabajo,
me explicas por encima los negocios
que llevas en común con tu ex-marido,
debes sin más remedio hacer la compra
y me echas de menos.
El teléfono quiere espuma de cerveza,
aunque no, la mañana no es hermosa ni rubia.

Sobre las cuatro y media
comunica tu siesta. Me llamas a las seis para decirme
que sales disparada,
que se queda tu hijo en casa de un amigo,
que te aburre esta vida, pero a las siete debes
estar en no sé dónde,
y a las ocho te esperan
en la presentación de no sé quién
y luego sufres restaurante y copas
con algunos amigos.
Si no se te hace tarde
me llamarás a casa cuando llegues.

Y no se te hace tarde.
Sobre las dos y media te aseguro
que no me has despertado.
El teléfono busca ventanas encendidas
en las calles desiertas
y me alegra escuchar noticias de la noche,
cotilleos del mundo literario,
que se te nota lo feliz que eres,
que no haces otra cosa que hablar mucho de mí
con todos los que hablas.

Nada sabe de amor quien no ha perdido
por amor una casa, una hija tal vez
y más de medio sueldo,
empeñado en el arte de ser feliz y justo,
al otro lado de tu voz,
al sur de las fronteras telefónicas.

Luis García Montero, Completamente Viernes, 1998

mardi, mars 17, 2009

a modo de haiku

Céfiro feroz,
en la grupa de los caballos
sopla el viento.

***

En las tardes de cálido invierno
sopla el viento
céfiro feroz.
Descalzos sobre la hierba
en attendant
porque hasta ahora
nadie
nos ha enseñado a volar.
Céfiro feroz,
sopla el viento
en las tardes de cálido invierno.

mercredi, mars 11, 2009

La lucha infinita

Siempre he comprobado que los años impares son mejores que los pares. Este vuelve a ser impar y, el anterior, el que muy de niña había señalado como que debía ser un buen año, al fin pasó. Se pueden tachar los días, los meses, los años que consideres oportunos. Ya te lo dije.
Ahora marzo vuelve con esa luz amarilla que atraviesa las paredes y el verdor incipiente que empieza a abrirse paso.
Estos días recordaba que lo último que estudié sobre mi mesa roja era un libro rojo de latín. Allí sentada, en silencio, entrando la vida por el balcón: la calle lejos (más allá de todo nuestro verde), el pueblo descendiendo ladera abajo hasta el río, el sonido del oxidado tren amarillo, los mirlos entonando el fin de la tarde sobre la palmera y Córdoba allí, al final, agarrándose a la línea del horizonte; pensaba en lo pequeño que era mi mundo y en la posibilidad de que existieran o no planetas capaces de encontrar el mío. De encontrarme. La posibilidad de encontrarnos.
A veces regreso, aunque no a casa. El sábado comprobaba cómo mi prima -radiante- está a punto de dar el pistoletazo de salida a la nueva generación; hablábamos de las tardes de sol y las noches de grillos y le decía que, pese a todo, habíamos tenido una infancia increíblemente hermosa.

La historia, la vida vuelve a repetir ciclo. Sólo nos queda mejorarla.


***

- ¿Crees en las señales?. Le pregunto a mi hermana tras comprobar que lo que acabo de recoger del suelo es un colgante de una moneda, una baratija muy estropeada con una efigie de la reina Isabel II de Inglaterra.



- Sí. Contesta ella sin pensárselo.

dimanche, mars 08, 2009

Sorprendente, increíble, hermoso y casi rozándome los dedos.

jeudi, mars 05, 2009

En realidad las tiritas no curan ninguna herida

Hace unos meses empecé a ver Anatomía de Grey. Es tarde, lo sé, pero tenía mis razones: primero: no me gustan las series de médicos; segundo: la veía todo el mundo.
Decidí finalmente ponerme con ella este verano porque una noche empecé a ver Sin cita previa y el personaje principal, que venía de Grey, me encantó. Ahora viéndola en la primera parte de la historia la veo algo distinta, aunque será cuestión de tiempo que sea la que es después. En fin. El caso es que voy sólo por la segunda temporada, y he de decir que, pese a que no me gustaron los primeros nueve o diez capítulos e ir rematadamente lenta, a estas alturas es lo único que me apetece ver cuando llego a casa. Sé que a partir de ahora va a empezar el drama de verdad, tengo esa impresión. A veces trato de jugar a adivinar que ocurrirá después, ha sido difícil mantenerme al margen de toda la información disponible y eso es una baza que aprovecha mi imaginación.
Lo que venía a decir es que llevo semanas pensando en el personaje de Meredith. Me gusta cómo cada capítulo comienza con una reflexión suya que se explica, sin embargo (y la mayor parte de las veces), con los actos de los demás. Pensaba en que si asemejara mi vida al relato de una serie, bien podría parecerse a la suya. Meredith es la única protagonista de una serie de la que no es protagonista. Uno siempre espera ver qué pasa con la otra pareja siempre en revolución: Christina y el Dr. Burke, o incluso intentar comprender los secretos y los sueños de la encantadora Izzie, o descubrir qué ocurre con el triángulo Addison-Shepherd-Mark (creo que así se llamaba el otro). O incluso conocer de verdad qué hubo entre su madre y el director del hospital. Cualquier otra conexión entre personajes que pueda darse resulta -hasta el momento- más interesante. A menudo pienso que Meredith, está ahí, sin vivir nada (o poco) en primera persona, esperando soluciones siempre en un discreto segundo plano. Ella es una espectadora más de su propia historia, de las historias que pasan en su hospital, en su casa, o en el bar. Por el relato de su vida, en realidad, prácticamente se pasa de puntillas. Supongo que es algo que cambiará a lo largo de los próximos capítulos y temporadas, pero me reconforta verla llorando, tomando estúpidas decisiones, superada por los acontecimientos y por la urgencia de unas situaciones que siempre llegan cuando menos lo espera. Me gusta porque me es del todo familiar. Meredith es una circunstancia más en la vida de los demás, pero aún se mantiene en pie en pleno campo de batalla.

lundi, mars 02, 2009

dimanche, mars 01, 2009

Las mujeres brillan en la oscuridad

Las mujeres brillan en la oscuridad

Anoche Cibeles, blanca y vacía.
Hollywood con una densidad de población inaguantable. Dentro, el ruido que expulsa la gente se hace más agudo. A mi izquierda, dos turcos con relojes caros hablan y ríen sonoramente. Uno me mira, apoyado en el ventanal, entre bocado y bocado. Detrás de mí, una extraña pareja que habla a voces con su hijo de apenas tres años que se está portando bien. Y jóvenes extremadamente maquillados de adultos y una chica con al menos cincuenta y tres pulseras. Más allá, una mujer elegante que ríe sin emitir sonido y su marido. Para ellos parece no haber nada más allá de su lenguaje de signos. Los envidio. El turco sigue mirándome y me pregunto qué puedo tener de significativo: vaqueros y jersey de cuello alto y vale, labios cherry shiny 101 de maybelline NY, pero yo no presto atención a esas cosas. Fútbol en la tele y eso me evade, ver las treinta y siete pulgadas llenas de verde.
La cena, como siempre, condimentada en exceso. Lo peor es que he elegido yo el restaurante. Entonces a él le dan la mesa contigua a la nuestra, entran los niños y él se sienta con vistas a la tele. Es la mejor opción, la que yo elijo siempre. Cruzamos miradas antes de sentarse, después de sentarse y mientras los niños deciden hamburguesa y patatas, un clásico.
En mi mesa hablan de un nuevo centro comercial, en la suya no sé de qué habla con sus hijos. Sonríe y luego hace ademán de atusarse el pelo y vuelve a girarse hacia mi mesa, donde sigo defendiéndome en mi salsa teriyaki. Alrededor, se mantienen las conversaciones vacías flotando sobre nuestras cabezas y el fútbol mudo sobre el césped que no logramos oler.
Pronto comenzará el vals y las mesas cambiarán, como en un juego eterno, de protagonistas. Pronto saldrás. Pronto saldré al frío y será lunes, martes, jueves y elegiré otro bar al azar.
Tú elegirás el tuyo. Y existirá una posibilidad entre un millón de volver a coincidir en el tiempo y en el espacio.
Mientras, imagino un final alternativo en el que cuando salgo, me acerco a tu mesa para anotar mi número en una de esas servilletas cuadradas y decirte que por qué no probamos a abandonar el ruido ajeno y que de verdad tenemos tiempo -previo fin del horario infantil- de comprobar de una vez por todas cómo las mujeres brillamos en la oscuridad.